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Empieza diciembre

¡Hola, confesores!


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Esta semana he recibido un estímulo increíble para seguir con la novela y adelantar lo máximo que puedo y, obviamente, lo he hecho (dentro de lo que los exámenes me han permitido). No quiero alargar mucho la historia para que así pueda estar pronto a vuestro alcance. Siempre estaré a tiempo de escribir una segunda parte…

Hoy, además de ser martes, es día 1 y, por lo tanto, empezamos mes.

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Dichas esas obviedades, para mí siempre es un día especial el primer día de cada mes. Es como el principio de un capítulo: por muy mal que haya sido un capítulo, al empezar el siguiente nace en nosotros una esperanza de que este capítulo sea el que lo solucione todo y si no, al siguiente.

Y así hay que tomarse la vida. Empezamos mes, y no cualquier mes, empezamos el último mes del año (es algo así como el principio del fin). Hay que aprovechar para hacer todas esas locuras que, en menos de 31 días quedarán en el pasado, en el año pasado.

No sé qué tendrá el mes de diciembre (Además de Navidades y de que medio mes me cuenta como periodo de vacaciones) pero siempre suele ser un mes que me llena de optimismo y de positividad. Y eso es bueno, no pasa siempre pero cuando pasa, es bueno.

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Yo, igualmente, soy una persona que, aunque optimista a ratos, soy muy realista y sé (por muy optimista que quiera ser) que no voy a poder conseguir nada si no me esfuerzo en conseguirlo. Que las casualidades existen, sí, y los golpes de suerte también, pero si no te esfuerzas, toda esa suerte y esa casualidad se van por donde vinieron.

Además, por si no era suficiente para aumentar el optimismo que tengo en mí que empezásemos diciembre, también empieza mi cuenta atrás oficial. Me queda un mes para partir en una aventura sin precedentes, viajar solo. No me voy al extranjero, tampoco (eso para la próxima, jaja) pero me voy absolutamente solo. Simplemente estaremos en Madrid mis textos, mi blog y yo. (Y supongo que llevaré algo de ropa, creo, jaja).

Sinceramente, estoy muy positivo, muy optimista y, por ende, muy feliz. ¿Qué más puedo pedir? No, sinceramente, ¿qué más puedo pedir? Dadme ideas, porque llegan las Navidades y me empiezan a preguntar y no sé qué contestar, como si lo tuviese todo en este mundo, que no es así.

Pero eso tiene una explicación muy básica. No tengo necesidades materiales. Obviamente no me iría mal tener trabajo, o más dinero, o, no sé, toda la colección de obras de Kafka. Pero puedo vivir sin ello, puedo ser feliz sin ella. De hecho, lo estoy haciendo y ya veis (metafóricamente) lo bien que estoy.

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Bueno, ¿y realmente de qué os hablo hoy? Pues además de animaros a ser felices y de, como siempre, hablaros un poco de mí, hoy os quería hablar de algo que a todos nos ha afectado en algún momento: enamorarse.

No, no os penséis que voy a empezar a hablar de lo que es enamorarse y de lo que conlleva y de lo que se sufre cuando no es correspondido y de todo eso. No, no, no. De hecho os voy a hablar de una sensación un tanto extraña: enamorarse y no saber de quién. Es posible, sí. Y aquí tenéis un ejemplo: yo.

A ver, me explico porque sé que esto puede resultar extraño y confuso. Todos hemos experimentado alguna vez (o más de una en algunos casos) las sensaciones de enamorarse: ser feliz por cualquier cosa, reirte de todo, tener casi por seguro que harías verdaderas locuras por esa persona (locuras que después piensas y no harías ni loco)…

Pues bien, imaginaos que os ocurre todo eso pero no tenéis a una persona a la que “culpar” de ello. ¿Entonces qué? ¿Por qué estás tan estúpidamente feliz? ¿Por qué esa sonrisa a todas horas? ¿Por qué no te enteras de lo que se cuenta en clase y, lo peor, te da exactamente igual? O, en mi caso, ¿por qué se me ocurren frases tales como “A ver cuándo eres tú la que me despierta con sus besos? ¿Qué “tú”, los besos de quién? Realmente, es francamente desesperante.

Es horrible sentirse así porque en cuanto acabas de decir (o de escribir) esa frase, te indignas ante este momento inexplicable que estás viviendo. Una de las explicaciones que me han dado y más me gustan es que estoy enamorado de la vida.

¿Sabéis qué? Que quizá sea verdad, no te digo yo que no. Porque por más que lo pienso no hay nadie detrás de ese “tú”, ni tengo la más mínima idea de quién hay detrás de esos besos. Si la explicación es tan sencilla como eso, ojalá tenga una larga relación con la vida y me dure mucho este optimismo y esta positividad.

Por cierto, por cierto, antes de que se me olvide. Esta semana no habrá vlog en el canal por problemas personales, así que no vemos la semana que viene. De momento tenéis el último vídeo en el canal sobre la universidad, ¿realmente es necesaria? y sobre el gran tema: Escoger carrera. ¡Espero que os guste y que os sea útil! Siempre hablo, como sabéis, desde mi experiencia y mi humilde opinión de los temas que voy tratando.

La frase de la semana es de mi italiana favorita, Laura Pausini, y es una frase con la que me identifico bastante:

“Soy muy exigente conmigo y con la gente que me rodea; soy muy trabajadora y muy pasional; soy una persona testaruda, en el buen sentido y en el malo”

Así que nada más, hoy me gustaría acabar abriendo un pequeño debate que cerraremos a final de mes y que se va a ir extendiendo semana a semana a través del blog, del canal de YouTube y de las páginas de Facebook y de Twitter (cuyos links tenéis al final de la entrada).

El tema en general a tratar es: LA NOVELA PERFECTA. Sé que no existe y que es una idea utópica, pero la pregunta de hoy es:

“¿Qué consideráis más importante en una trama: el final o el desarrollo?”

 

A continuación, como siempre, os dejo los links a las redes sociales:

 

¡Hasta la próxima!

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Autor:

Chris Corchuelo. Barcelona, 1996. Estudiante de la Universidad de Barcelona, facultad de Filología. Amante de la lectura, la escritura, la música, el mar Mediterráneo y la ciudad de Barcelona. Me siento vivo con pequeñas cosas, es lo bueno que tengo. Seguiré luchando.

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